Iñárritu. Un director que vuela

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No podemos dejar de lado el rescate de Alejandro Gonzáles Iñárritu, como uno de los directores latinoamericanos que mayores reflexiones sobre la humanidad nos ha dado. Al mismo tiempo que ha desempeñado un trabajo excepcional. De origen mexicano (15 de Agosto de 1963. Ciudad de México), pero con una mentalidad universal y lo suficientemente renovadora, como para proponer narrativas que rompen con lo lineal y aún así son disfrutables.

Una de sus películas más destacadas y que lo ha reivindicado en el escenario internacional, es Birdman (2014), cuyo enfoque técnico es toda una vuelta de rueda ante el cine tradicional. Sumando la envolvente historia que nos dibuja, con la ayuda de actores de gran talento entre las butacas de Hollywood, como son: Michael Keaton (Batman, 1989; Beetlejuice, 1988), Emma Stone (The Help, 2011; La La Land, 2016), Edward Norton (Fight Club, 1999; American History X, 1998), Naomi Watts (King Kong, 2005; Lo Imposible, 2012) o Zach Galifianakis (Saturday Night Live, desde 1975; Puss in Boots, 2011).

La película es un vistazo existencial a la decadencia que se vive ante la fama y superficialidad, teniendo como antagonista los deseos personales, los lazos humanos-familiares, la alteridad (el ego) y el juego de la memoria ante la necesidad de no ser olvidado. Es al mismo tiempo, una crítica al sistema de producción de Hollywood y las industrias que fabrican “arte”, desde el punto de vista fijado en el devalúo humano que muchos artistas sufren en un mundo extremadamente competitivo, lleno de excesos y soledad. Esto lo logra mediante una puesta en escena que trata sobre otra puesta en escena, cuando Riggan Thomsom (Michael Keaton), quien es un actor cuya carrera va en picada, intenta buscarse a sí mismo de la mano de su alter ego: Birdman (personaje que lo llevó al éxito en un pasado que incluso para él es difuso), mientras escarba en su propia vida para recuperar el valor y la condición artística que lo devuelva a un estado en donde pueda volver a las cimas del éxito personal. Es un viaje que se emprende entre las pesadillas mentales, que al fin de cuenta son sombras de ese pasado que lo persigue; y los problemas que elocuentemente se desarrollan entre sus colegas actores, su hija, los críticos y el montaje de una obra teatral: la adaptación del cuento “What We Talk About When We Talk About Love” de Raymond Carver.  

El giro novedoso que nos propone Birdman, es la excepcional fotografía de Emmanuel Lubezki,  quien ayuda a Iñárritu a componer una cinta hecha a base de puros planos generales, sin corte. La cámara es un ojo invisible que sigue a los personajes, rodea las habitaciones y sube por las escaleras y los escondrijos del teatro, la calle, los apartamentos… para asì darnos, una visión seguida de la acción dramática, que no se estanca o interrumpe exterminando encuadres y escenas. La película está formulada como una sola escena que nos demuestra una conexión en un mundo delimitado y bien construido, como un paseo por una maqueta. Nos acompaña la ingeniosa banda sonora de Antonio Sánchez, otro mexicano talentoso; jazzista y especializado en la percusión.

Es una generosa pieza que nos otorga Gonzáles Iñárritu. No se puede dejar de prestar atención, al talento de un director latinoamericano como este. Es importante seguirle los pasos, aun fuera de las fronteras hispanoparlantes, pues el desarrollo de una identidad artística se trabaja a partir de su puesta en práctica ante los públicos multiculturales, cuyas raíces diversas, son unidas en la línea humanística que siguen las cintas del director (Amores Perros, 2000; Babel, 2006; 21 Gramos, 2003) y que rompe con las fronteras más erradas y en apariencia impenetrables: las del pensamiento.

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